Emilio Morillo Miranda

Emilio Morillo Miranda

BIOGRAFIA

Emilio Morillo Miranda es educador, músico, narrador, poeta e investigador en temas de educación y cultura popular. Nació en Huancas (Pataz, La Libertad), en 1945.

Entre otras condecoraciones ha recibido las Palmas Magisteriales en el Grado de Maestro.

Se ha desempeñado como Vicerrector de la Universidad Nacional de Educación (La Cantuta). Director de la Escuela Nacional Superior de Folklore, Asesor de la Comisión de Educación del Congreso de la República, actualmente es Jefe de la Oficina de Investigación de la Facultad de Educación de la Universidad Peruana Cayetano Heredia.

Es profesor de las escuelas de postgrado de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, de la Universidad Peruana Cayetano Heredia, de la Universidad San Ignacio y de la UNE Enrique Guzmán y Valle. Asociado de Foro Educativo, del Colegio de Doctores en Educación del Perú y de la Academia Peruana de Educación.

Entre sus publicaciones figuran los poemarios: Rocío del Alba (1995), Fragores (2001) yVientos de la Aurora (2007) ; ¡Chócale para la salida! (cuento 1999); En ensayo destacan:Palacio de Pioneros (1987); Ser maestro (1989), Educación y violencia en el campo (1993);La luz apagada, un siglo de políticas educativas (1994); La Danza de los Huaris (ensayo sobre cultura popular tradicional, 1997) Sus últimas publicaciones son: Identidad Proyecto: Interculturalidad y Pedagogía(2003); Formación docente para un Perú diferente (2004);Folklore y Pedagogía de la esperanza (2005); Origen Mitológico de Huancas (2007); La lengua materna: factor clave en el aprendizaje de la lectura y escritura (2007); El folklore en la provincia de Pataz (2008), Huancas mito polisémico (2008).

Ha dirigido las revistas Vanguardia Huancas (1983-2009), La Voz del Club Sport Tayabamba (1996), Praxis (1997) y Amistad Patacina (2001), Cuadernos Arguedianos(2001-2005).

Es un virtuoso de la quena y ha grabado el CD Tincuy con Julio Humala.

 

CUENTO

CHÓCALE PARA LA SALIDA
A pesar de su edad, o acaso por eso, el asunto se venía como los vientos de agosto que arrastran todo, indetenibles, definitivos. La pelea parecía inevitable. ¿Cuál era el sentido de esa riña? ¿La solución de un viejo litigio? ¿Puro deporte? ¿Cosa de niños?.

Aquella mañana los rayos del sol iluminaban las cumbres de Santa Rosa y del cerro Yanacullo, y poco a poco se abrían paso por las quebradas hasta llegar a Huancas, pasar a Miraflores, Sayre y Urpay. Por los caminos bajaban niños y niñas de distintas edades; algunos sobre caballos con bridas enjaezadas de plata, monturas y alforjas de cuero fino; otros con sus ropas de dril parchados con telas de distintos colores, yanquis(1) de cuero o de caucho que chasqueaban en su contacto con el sinuoso camino. A los costados se elevaban las zarzas cargadas de racimos de moras, las yerbasantas y los shirajes que apenas dejaban ver el humo que cada mañana sale por el techo de las casas. Desde las pequeñas lomas se podía distinguir a lo largo de las faldas de los cerros, las casas diseminadas como carneros grandes queriendo alimentarse  del verdor de las praderas, que poco a poco se iban juntando, apretujándose en el accidentado terreno, formando el caserío de Huancas. Entre ese aparente desorden sobresalían la iglesia y, al pie, la escuela de varones con sus techos de teja.

En la escuela de Huancas sólo enseñaban hasta el tercero de primaria. Allí a los alumnos se les llamaba niños aún cuando hayan tenido más de quince años. Agapito estaba con ellos frente a la escuela ensayando algunos juegos, era las nueve de la mañana y el maestro tocó el silbato anunciando la hora de formación para el ingreso a las aulas. Antes de esa hora, con sus hermanos mayores habían llevado el caballo cerca de La Palca, un pequeño valle al costado del bullicioso río; también había traído panca verde y alfalfa para los cuyes, leña o algún otro mandado que su padre ordenaba al filo del amanecer y que ellos cumplían, no siempre con agrado, pues el frío matinal penetraba hasta la yema de los dedos. Pero esas mañanas también eran placenteras. En esos meses de abril y mayo, la sinfonía del cantar de las aves; el colorido y la fragancia de las flores; la frescura del aire que golpeaba su frente; la leche tibia tomada directamente de la ubre de la vaca que pastaba tras de su casa, llenaban de alegría su espíritu y le invitaban a correr libremente por los campos y volar de bosque en bosque. También animaba a los jóvenes la caza despiadada de palomas, zorzales, santa rosas, pichuchancas y vizcachas.

En una ocasión, una bandada de jilgueros se posó bulliciosamente al pie del corredor de su casa. Agapito quiso imitar a sus amigos en la destreza de atrapar a estas avecillas, para lo cual cogió un poncho, anudó la punta y sigilosamente avanzó arrastrándose por el piso; al calcular que estaba muy cerca, se dispuso a golpear con violencia. Dos o tres jilgueros rodaron en el piso del patio. Después de esta hazaña, le invadió un sentimiento de culpa y  no supo qué hacer con sus indefensas víctimas y nunca más pudo quitar la vida a ningún animal. Sin embargo, hoy en la escuela, la violencia saldría a flor de piel nuevamente.

Estaba en la fila, con disimulo, pateando, jalando de los pelos a los demás; el maestro trababa de que cada fila de niños fuera recta. Para que nadie dude de su determinación alzó la voz amenazando con tirar una piedra para que la línea esté bien formada y nadie se mueva. No se sabe si por engreimiento, porque el maestro era su padrino, o por desobediencia, rebeldía o por el simple gusto de saber qué ocurriría sacó la cabeza de la fila y la piedra vino directamente al pómulo izquierdo de su cara. Lloró de dolor y el maestro quedó desconcertado.

Después de cantar canciones escolares pasó con sus compañeros a su aula. El aula más grande estaba frente al patio cubierto de grama que se extendía como una alfombra hasta la puerta de la iglesia. En el primer piso se ubicaban las dos aulas restantes; la más pequeña, años después, sirvió de oficina de telégrafos y funcionó sólo por un corto tiempo, pues los alambres y los postes que conectaban con Urpay fueron robados.

A media mañana salió atropelladamente al recreo, a jugar a los trompos, a las canicas y chanos(2), al mundo, a las escondidas, al melo. Esta vez el melo se lo dio el niño Alejo aplicándole una patada en el trasero, aprovechando que estaba desprevenido le saludó militarmente sin que Agapito pueda replicar ni molestarse, así era el juego. La carga a la burra era un juego de resistencia; esta mañana lo derribaron al descuido al suelo y encima se amontonaron los niños hasta formar una enorme montaña en medio de la algarabía; ahí, Agapito nuevamente llevó la peor parte: estuvo a debajo, aguantando el peso y la respiración para evitar la asfixia. Con gran esfuerzo y cierta maña pujaba y pujaba hasta desbaratar desde abajo a la pirámide humana. Otro juego predilecto que practicaba con sus amigos a la salida de la escuela, que quizá este día no lo haría, consistía en patear la pelota alrededor de la iglesia, ubicada en un plano inclinado en medio del caserío; formaban para el caso dos equipos, anotaba un punto el que lograba dar una vuelta con la pelota, ganaba el que conseguía dar más vueltas, no había límite de tiempo salvo cuando la voz ronca de su padre lo llamaba anunciando el regreso a la casa, o por el advenimiento de la noche, que a veces era vencida por la luminosa claridad de la luna llena y de las estrellas que cubrían el inmenso firmamento.

Una hora que esperaba con ansiedad era la del almuerzo. Algunos niños traían de fiambre sabrosos platos como cuy con llapi(3) de papas, arroz con gallina, tortillados; otros como él llenaban sus shicras(4) con habas frescas, choclos, papas azadas, ocas sancochadas, mote de trigo, humitas o simplemente cancha. Ernesto, del barrio alto, a veces llevaba galletas que su padre le traía de sus viajes al Callejón de Huaylas, y buscaba afanosamente cambiarlas por puñados de cancha reventada en tiestos de arcilla porque su sabor era irrenunciable.

Las clases en las tardes empezaban a las dos. En ellas tenía que dar cuenta de las tareas dejadas en la mañana. El maestro atendía a las cuatro secciones, desde transición hasta el cuarto año. En cada sección completaba sus explicaciones con ejercicios que los niños resolvían generalmente en medio del juego.

Esa tarde le tocó salir a la pizarra. Trató de concentrarse haciendo un gran esfuerzo para resolver el problema; en esa tensión, mientras escribía con la tiza, apenas pudo contener aquello que le parecía bajar lentamente por entre sus piernas y hacer un pequeño charco en el piso de tierra del aula.

Mientras tanto, en la puerta de la escuela de mujeres ubicada tras de la iglesia, estaban las niñas sentadas en hilera recitando su lección en voz alta. Sus voces parecían el chillido de los loros y a veces el murmullo de las aves cuando cantan en la oración del anochecer. Al frente de ellas se elevaba delgado, enorme, moviéndose

lentamente, un sauce tratando de alcanzar al copo de nubes blancas que cruzaba el cielo azul, queriendo dar testimonio de lo que allí ocurría.

Sólo algunos tenían carpeta propia. Los demás como él se sentaban en bancos y trabajaban sobre tablas de aliso manchadas de tina. Adelante, en el espacio vacío del aula, sobre unos soportes de madera se mecía la pizarra descolorida que se podía voltear y usar por ambos lados. Los muchachos, mientras que el maestro controlaba las tareas, cruzaban aviones y barquitos de papel por entre los hombros. Uno de ellos lanzado por Remigio chocó en la cara de Agapito, que ese día no le había ido tan bien y ya no estaba para bromas. Sin esperar más volteó aplicándole un puñete. El cholo Remigio, travieso pero muy dueño de sí, no demoró en replicarle con un pellizcón. La beligerancia del ambiente subía de tono, como el torrente del río que no se puede detener. Si la riña seguía no iría esa tarde a pastar la vaca ni a tomar su leche, irían a la cancha de fútbol o al corral del concejo al borde del poblado, el sol estaría ocultándose tras de la cordillera blanca tiñendo de violeta y naranja el cielo raso mientras los niños de desigual tamaño, de rostros y dientes sonrientes como granos de choclo recién despancado, les rodearían en círculo gritando: ¡no te dejes! ¡tú le das!… alguien lanzaría un escupitajo en el suelo, el más macho es el que pisa primero a la saliva, en ese juego de pies pisaría el de su contrincante, se empujarían mutuamente golpeándose con los hombros. Luego sonaría en sus ojos un puñete que le haría ver el cielo estrellado. En la trompeadera se verían como becerros que se trenzan a cornadas levantando polvo con sus cascos de plata, el salpicar de la sangre del otro en la manga de su camisa y que afanosamente tratará de tragarlo porque con ello consumía el ánimo, el espíritu, el valor de su ocasional enemigo; la pelea podría terminar cuando caiga al suelo uno de los contrincantes o sean separados por los espectadores; más tarde su padre le reñiría. Al término de aquel día, nada podía evitarlo, por eso Agapito no tuvo otra alternativa que lanzar el desafío.

-Chócale para la salida.

Veinticinco años después, en la fiesta patronal de Santo Toribio que celebran los Tayabambinos en Lima, en medio de los Huaris y Pallas, los huaynos y marineras que interpretaban en contrapunto las bandas de músicos, en el baile general, se encontraron Remigio y Agapito, confundiéndose en un solo abrazo, emocionados, celebraron el encuentro y los viejos tiempos.

1 Ojotas.
2 Semilla redonda, pequeña y de color oscuro.
3 Guiso de papas con achiote.
4 Bolsa de hilo hecha a mano.

 

POEMAS

De Rocío del Alba:

CAMINO A TAYABAMBA

Partió el bus de Lima lleno de augurios
un lunes a las siete de la noche
recorriendo prolongadas distancias,
caminos de curvas enigmáticas, infinitos;
valles sofocantes, como Samne y Chagual,
subidas y travesías atemperadas y polvorientas.
En zigzag, hacia las punas amplias y frígidas,
Avanzamos.
Ausencia del pan caliente a la hora del yantar.
– suban, bajen.
Arranca el carro.
Todo rápido, fugaz, ligero, audaz,
como amor de marinero.

En la noche, el nítido silencio
y el crujir del motor en la espina dorsal
penetra en la falta de abrigo
que amortigua
el murmullo acogedor de los viajantes:
bromas, respuestas, risas, carcajadas.
Un trago, dos tragos, tres…
y la sagradas hojas del incario
buscan el sosiego del ama:
callapa con bandera buena suerte.

No obstante son varios los días
Como semanas y años de viaje
Y ¡nunca llegar!
Arribaremos tarde a la jornada.

Diógenes ha sido levantado
una y mil veces al cielo
y estrellado en las duras butacas del vagón.
Ya no hay sonrisas en sus labios
Sino un rictus de preocupación y dolor.
Disculpa, Diógenes.
Pero el tiempo no tiene medida.

Por fin,
cinco y treinta de la tarde del jueves,
hemos llegado un día después del previsto
con el cuerpo entumecido, polvoriento,
en medio
de acogedoras sonrisas y atenciones,
el aire fresco de tayancas y alisales,
el humear de las casas de tejado rojo
y de paredes blancas y claros oscuros.

Niños en filas en bandadas
retozando en sus ropas multicolores
alegrías de una nueva aurora.
Jóvenes porfiando sueños
y compartiendo con el cielo
el color de la esperanza;
campesino cosechando en un día
los frutos del mañana
de un siglo de sacrificio

Atrás quedó Huaylillas
con la Virgen del Carmen
recién nacida,
con sus devotos venidos
de Lima, Chimbote y Trujillo,
con el estruendo de bombardas,
jolgorio, devoción y lágrimas.

Patrón Santo Toribio,
¡Hemos llegado a Tayabamba!

 

SOLO DE QUENA

“Apreté mi quena
con nervios de toro
para que su voz fuera limpia,
hoy está ronca de tanto que ha llorado”
CANTO KECHUA, ANONIMO

Soy
un solo de quena
en medio de multitudes
que se agitan
en el calor del desierto
el viento de las abras
el frío de las jalcas
la flora de la selva
la fauna salvaje.

Soy
un solo de quena
de melodías diversas
amor y odio
tristeza y alegría
turbulencia y soledad
esperanza y frustración
indiferencia y afecto
temor y seguridad

Soy
el corazón crispado
de un solo de quena
cuando el nene sigue sin mitigar su llanto
la madre no encuentra al hijo
el estudiante tiene la mesa vacía
el obrero es lanzado a la calle
al campesino se le acaba la semilla
en la alborada.

Soy
un solo de quena
cuando reclamo amor
al pie de tu ventana
en el silencio de la noche
y el lamento del yaraví
desgarra
las fibras del alma
cuando el huayco
es un rayo de esperanza
que destella la luna
en la soledad
de la penumbra.

 

De Vientos de la aurora:

NIÑO DE HUANCAS

I

Su madre expiró
al caer los pétalos
de otoño
y el niño
tuvo que beber
leche
de yegua rosada.

Pequeño y temeroso
del Alto Negro,
apu implacable,
con su manto gris
desata iracundas centellas
y turbios aguaceros.

Se estremece el niño
de los ciclópeos farallones
y el bramido
del río Huancas
que amenaza llevarlo
en sus  turbios brazos.

II

Bajan las aguas
del Purgatorio
ante los ojos temerosos
de los campesinos.
Imperceptible,
el culebrón
devora
el balido de los corderos
las sementeras
y las esperanzas.

Sale desafiante
el señor de los andes
a enfrentarlo
en brioso corcel,
blandiendo coraje
y en tres interminables
combates,
sobre el turbio torrente,
vence
a semejante
animal.

Quedan
al borde del río,
alfalfa, hierbabuena,
ajos, repollo,
manzanos y limones,
flores y frutos
mancillados.

III

Pasaron los días.
A media mañana
llega feliz
la hora del recreo,
los trompos zumban
en torno a los tejos,
la ronda del lobo,
con pallares
de varios colores,
los escondidos,
el callejón oscuro,
saltando en un pie
el mundo en piso seguro;
el melo no duele
en el jolgorio,
carga a la burra,
chócale para la salida.
Todo ello,
en el bullicio
de la escuela fiscal.

IV

Ya es agosto,
olorosas se elevan
las nubes
de los hornos y cocinas,
las dianas y avellanas
llenan de alegría
a niños y jóvenes
del caserío.

Suenan los cascabeles
de los danzantes
al compás
de flautas y bombos,
se agitan en el aire
ágiles Monterillos,
Huaris mitológicos,
Indios Campas y Pallas
en la fiesta patronal.
Santo Toribio y San Cayetano
cruzan sus copas alborozados,
sombreros a la pedrada
se van
amansando pumas,
acariciando corderos.
En sus alforjas de lana
conversan animados
papas, habas, frijoles,
gallinas, ocas y cuyes.

V

El niño es más niño
con el jilguero
que canta y juega.
Y toca las barbas del sol
en el corredor de la casa.

 

GARÚA

La garúa
cayó limpia.
Y llenó
de peces grana
el mar
de la mañana.

Emilio Morillo Miranda

 

Comentarios

Los comentarios son responsabilidad de cada autor que expresa libremente su opinión y no de Editorial

Añadir Comentario

Su dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *