Lucrecia Vidal Arias

Lucrecia Vidal Arias

BIOGRAFÍA

Maestra y madre tayabambina.

En la provincia de Pataz, departamento de La Libertad, nacieron y trabajaron con esmero maestras brillantes. Dejaron una huella imborrable en el pueblo y en las generaciones que formaron. Entre ellas figura la destacada maestra Lucrecia Vidal Arias. El 23 de mayo de 2004 recibió un merecido homenaje como madre y maestra tayabambina, por los residentes patacinos en Lima.

Doña Lucrecia Vidal Arias nació el ocho de febrero de 1923, un año que se oculta en las brumas del recuerdo, entre bosques de capulíes y el murmullo del río Cajas, en la calurosa tierra de Huaylillas. Sus padres fueron don Celso Vidal Armas de Tayabamba y doña Sara Victoria Arias Montoya de Parcoy. Su niñez y adolescencia transcurrieron en Tayabamba. En Lima estudió secundaria y su formación profesional, como otros distinguidos maestros de Pataz, la realizó en el Centro de Formación Magisterial. Estudió Administración Pública que comprendió: Secretariado Administrativo, Documentación y Archivo e Introducción a la Jefatura Femenina.

Maestra y madre, madre y maestra excepcional. Tiene cinco hijos: Alfonso, Sara, Sonia, Fernando y Renzo; ellos le han prodigado 13 nietos. Sus hijos han tenido el privilegio de recibir el amoroso cuidado y la sabia orientación, como es la que ofrecen a sus seres queridos las madres patacinas, cuyas cualidades sobresalientes son la  abnegación, la sinceridad, la afectividad y la hospitalidad. Doña Lucrecia tiene un alto concepto de los hombres patacinos, manifiesta que son seres buenos, afectuosos y “tratan bien a sus mujeres”. La primera y definitiva formación es la que recibimos  de nuestra madre, en el hogar, durante la niñez; la educación que ofrece la escuela y la universidad es sólo un complemento, estas instituciones pueden dar conocimiento científico y tecnológico, pero los valores y la afectividad que orientan la vida se beben en el hogar. En la señora Lucrecia Vidal Arias comprobamos con certidumbre esta afirmación.

Estas palabras serían suficientes para honrarla como madre Tayabambina ejemplar. Lucrecia Vidal es además la expresión viva de la maestra, la intelectual, la investigadora, la historiadora preocupada permanentemente por afirmar la identidad y los valores que distinguen a nuestra provincia. Por ello en una circunstancia el historiador Luis E Valcárcel le autorizó afirmar: “Pataz es la provincia más rica del Perú, no sólo por el oro, los recursos hídricos, la flora y la fauna, sino también por los restos arqueológicos preincaicos y los caminos del inca que atraviesan nuestras tierras, sólo comparables con la Gran Muralla China”.

Llevó a las aulas el don de la palabra y el ejemplo para cultivar en los niños y jóvenes la práctica de los valores más genuinos del ser humano, como es el amor a la vida, a la humanidad y la solidaridad con los más humildes. Así ejerció el magisterio durante cinco años en la Escuela de Mujeres 282 de Tayabamba, en donde, en una ocasión, fue visitada en su aula por el supervisor Patiño, de quién recibió elogiosos comentarios al observar la calidad de su labor docente.

En Lima trabajó en diferentes colegios, se puede mencionar algunos como el 4496 de Magdalena del Mar y el San Martín de Monterrico.

Tenemos el orgullo en Pataz de contar con mujeres intelectuales de gran valor. Lucrecia Vidal es una de las que destaca no solamente en campo literario, sino también en el ensayo e investigación histórica. En literatura obtuvo dos premios; el primero, en un concurso periodístico relacionado con el patriotismo, artículo que fue publicado en El Comercio; el segundo premio, en un concurso de poesía sobre el Día de la Madre organizado por el Ministerio de Educación, poema publicado en la revista EDUCACIÓN.

“ORO PARA EL RESCATE” (1979)  es una de sus obras con la que alcanzó mucho éxito, no sólo porque se vendió toda la edición sino por la opinión crítica favorable. En ella se incluye apuntes históricos, mitos, leyendas y relatos que dan cuenta de diversos aspectos de la vida de la provincia de Pataz. En esta publicación revela: “Pataz se constituye así en el principal centro aurífero de todo el norte del Perú precolombino, y el oro que se produjo por entonces sirvió para cubrir los templos del Sol y la Luna en los valles costeños de Moche y Virú, así como para comerciar, por el sistema de trueque, con las civilizaciones del antiguo Perú”. Denuncia el sistema de explotación que se tabléese en la Colonia y en la República. Concluye su ensayo sobre el oro en Pataz señalando: “que la historia no se repita. Que no aparezcan conquistadores ni aventureros, piratas ni corsarios. Y así como de esta tierra salió el oro para el rescate del último Inca del Imperio, que la riqueza que aún queda por extraer, cual ilusoria indemnización de una nueva florescencia, rescate el bienestar y la felicidad para sus hijos y para quienes la produzcan”.  Tiene lista una segunda edición enriquecida con nuevas informaciones. Tiene también concluida una novela.

Innumerables artículos suyos han sido publicados en revistas y periódicos. Fue la primera directora de la revista “AMISTAD PATACINA”, vocero del club Tayabamba, cuyo contenido principal está dedicado a la educación, al folklore, la defensa de los recursos mineros y a la cultura.

En circunstancias en que acompañó a su hijo Renzo a Costa Rica, donde él seguía sus estudios de post grado, se sumergió en una gran biblioteca, leyó hermosas obras de escritores de renombre, asistió a conferencias, que le permitieron tener una visión más amplia del Perú. Fue un viaje precioso, su mejor viaje. Estuvo en dos ocasiones en Europa; en España visitó el Archivo de Indias, donde, entre otros valiosos documentos históricos, pudo leer las obras del Inca Gracilaso de la Vega. Ello explica su pasión por los libros y que en alguna ocasión me dijera: “no hay cosa más bella para mi que los libros”

Alentó y formó parte de diversas instituciones patacinas donde cumplió roles protagónicos. Actualmente es socia de la “Unión Panamericana”, organización internacional que organiza mesas redondas para tratar temas relacionados con la problemática de los pueblos de América. En estos encuentros, en más de una ocasión representó a Lima y al Perú.

Doña Lucrecia, al recordar tiempos de agitación política y su incondicional  adhesión a la solución de los graves problemas de Pataz y a las obras que promuevan su desarrollo, se refiere a la intensa acción anónima que desplegó con algunos patacinos, en las oficinas de los ministerios, de los parlamentarios, de la presidencia de la república, de instituciones públicas y privadas. Sin desconocer las importantes contribuciones de otros patacinos ni de ilustres congresistas, en un rapto de añoranza y sinceridad me manifiesta “Con Juanito Morillo Miranda hemos hecho por Pataz probablemente más que cualquier diputado”. Es una mujer entusiasta, vital, de ideas claras y de acción; ello se advierte en sus palabras: “Tengo muchas cosas que hacer, a pesar de mi edad”

Lucrecia Vidal Arias, como buena maestra ama a sus discípulos, ama intensamente a Pataz y al Perú.

Por: Emilio Morillo Miranda

 

OBRA:

ORO PARA EL RESCATE

En “Orfebrería Precolombina” del Dr. Luis E. Valcárcel (1), encontramos el párrafo que encabeza este ensayo. El Dr. Georg Petersen en “Minería y Metalurgia en el Antiguo Perú”, obra que según los arqueólogos Hermilio Rosas y Marcela Ríos, es  la más completa sobre minería del Perú precolombino, señala a Pataz como uno de los centros auríferos de importancia trabajados por los Incas y peruanos de las civilizaciones preincas. Otros autores como Von Hagen, aseguran que el oro de los mochicas fue adquirido en las tierras altas del Perú, y Aguilar Revoredo enumera, entre otros depósitos auríferos filonianos importantes laborados en la antigüedad, los de la citada provincia.

Para corroborar lo que los eminentes autores afirman, trataremos de analizar muy sucintamente la actividad minera en la provincia de Pataz hasta donde la tradición, apoyada por los mensajes que en aquellas tierras nos han dejado los antiguos peruanos, nos lo confirmen.

Veamos, en primer término, la cuotidiana diligencia minera de los pueblos de Pataz, Parcoy y Buldibuyo, destacando entre ellos Parcoy, cuyos habitantes, en su mayoría se dedican a este quehacer desde épocas que se pierden en la prehistoria. Como prueba de ello están, a la vista, los quimbaletes o bimbaletes o bambaletes, como llamaban los españoles a los aparatos que en Pataz toman el nombre de “molinetes de piedra”, que hasta ahora son utilizados como la herramienta principal de las rudimentarias instalaciones usadas para la extracción del oro de los minerales áureos de la que es pródiga la región.

Estos molinetes, artefactos líticos, inventados por los peruanos de las civilizaciones preincas, son morteros de dos piezas al estilo batán, cuya parte superior la mueven con los pies en un sistema de vaivén sobre la base fija, entre las cuales se tritura el mineral; fueron llamados también “Molinos del Inca” por los españoles. Los hay de variadas formas y tamaño, como los escribe el Dr. Petersen en su citada obra (2).

Observando el trabajo minero, vemos que al iniciarse el proceso el mineral es despedazado a pulso con un martillo llamado comba, que en la actualidad es de fierro y antiguamente lo fuera de piedra, hasta alcanzar proporciones de media pulgada de diámetro, luego es colocado en el molinete para ser triturado y reducido a polvo, el que es mezclado con azogue y sustancias de planta del lugar tales como huayruncha, choloque y/o shirag, que tienen la finalidad de impedir que el azogue se corra, completando su acción el mineral. Los mineros nativos dicen que estos vegetales sirven para que el azogue no sea atacado por los minerales.

Terminada esta operación, el oro queda con el azogue en amalgama, liga que es filtrada en una manta denominada “choleta”. La “pella”, masa semisólida obtenida de la filtración, es sometida a la fundición lo que origina la vaporización del azogue y la recuperación del oro, que queda libre.

Este sistema de trabajo, de bajo rendimiento, capta aproximadamente el 30% del oro contenido en la mena, motivo por el cual los residuos sólidos, llamados “lamas”, son acumulados en grandes depósitos, que por lo general posee cada minero en las inmediaciones de sus respectivas viviendas, para dejarlo “madurar” hasta una nueva molienda.

La “maduración”, término empleado por el minero aborigen, es un proceso natural, que mediante el cual, con el tiempo, la humedad oxida el hierro y otros metales que forman parte de la mena, facilitando la trituración del mineral y la recuperación del oro, que no sufre variación alguna.

En cuanto al elemento humano de esta zona aurífera, vemos que es minero por ancestro y por costumbre, sobre todo el de Parcoy; allí el hombre vive de la minería, pues ésta es su primordial actividad desde que nace hasta que muere.

El aprendizaje de minero lo realiza el hombre de esta región desde pequeño, ayudando a sus mayores en las periódicas moliendas y preparándose así para aquilatar el metal, determinar la época precisa para una molienda y hasta calcular en la palma de la mano ahuecada el peso exacto de una cantidad de oro.

Durante la Conquista y el Virreinato, fueron muchos los aventureros que arribaron a la provincia en busca del codiciado metal, adoptando al principio el sistema que empleaban los nativos para la explotación del oro, tal como lo hicieron en otros lugares del Perú, como lo describe el ingeniero Carlos Basadre (3). Más tarde, y después que se descubrieron las minas de azogue de Huancavelica, posiblemente en Pataz utilizaron el procedimiento de amalgamación, como hicieron en Potosí para el beneficio de la plata.

Asimismo, es posible suponer que los peruanos de aquellas tierras conocían, ya en épocas remotas, el método de la amalgamación, empleando para ello el azogue que lograban obtener del cinabrio, cuyas menas existían en Buldibuyo como atestigua Cabrea La Rosa (4) y que utilizaban para la extracción del oro, procedimiento supuesto por Larco Hoyle (5), complementando la acción del azogue con sustancias de plantas del lugar, tales como shirag, huairuncha y otras, ya anotadas. Posiblemente el azogue traído del sur incrementó la minería en Pataz, en la época mediana y final del Virreinato.

Parece igualmente que entre los mineros del Altiplano y los de Pataz, durante el Coloniaje, hubo cierto intercambio cultural y de tecnología minera, costumbres que hasta ahora se conservan nos hablan de ello; podríamos mencionar, entre algunas coincidencias, el culto a la Virgen de la Candelaria, cuya fecha se celebra el 2 de Febrero tanto en Oruro, ciudad minera del Altiplano, como en Collay, antiguo pueblo de Pataz, igualmente minero. Asimismo, en una de sus leyendas, Alfonsina Barrionuevo (6) describe el origen de la “diablada” de Oruro, conjunto muy similar a “Los Diablos” que se presenta, en homenaje a Santo Toribio de Mogrovejo, en la ciudad de Tayabamba, con motivo de su fiesta patronal.

No está aún establecido si los españoles introdujeron nuevos métodos en el proceso de la extracción del oro, como la amalgamación; hay dudas en cuanto a la introducción de este sistema, ya que aparentemente el nativo también lo conocía, como ya se ha dicho. Otros autores opinan que el proceso de extracción de oro en el antiguo Perú, se realizaba solo por medio de la fundición, aparte de la recuperación del oro que efectuaban mediante el lavado de arenas de los ríos.

Pudo o no haber existido variación en este proceso, pero en cuanto a la molienda de los minerales, estamos seguros, no lo hubo, pues antes de la venida de los hispanos, durante el Coloniaje y la República, siguieron utilizando los mismos sistemas de trituración del mineral, y aún en tiempos mas recientes, cuando en la provincia se instalaron grandes empresas con modernas maquinarias para el beneficio del oro de la zona, el minero aborigen paralelamente a los trabajos de los grandes complejos mineros, siguió utilizando sus molinetes para sus respectivos laboreos.

Parece que los españoles, al arribar a la provincia, trataron de cambiar o mejorar el sistema de molienda con el empleo de la rueda, lo que no dio resultados positivos, continuando entonces por el sistema minero aborigen, esto es la molienda del mineral en los situados molinetes de piedra.

La fallida introducción de la rueda como artefacto de molienda de los minerales, podría ser ilustrados si tomamos como ejemplo una finca en las cercanías de Parcoy llamada “El Ingenio” y a su propietario don Leoncio Franco, descendiente de españoles que legaron a la provincia, posiblemente en épocas de la Conquista o Virreinato, y afincaron en el lugar . En este fundo existía una instalación completa para la explotación del oro, con su respectivo depósito de mineral que el dueño hacía procesar periódicamente, mediante molinete de piedra, para lo que contrataban a un minero de la zona, el que por un jornal diario realizaba el trabajo. También existía en la misma propiedad un ingenio modelo español, de allí posiblemente el nombre del lugar. No se tiene noticia de que esta instalación haya funcionado; pero por los vestigios, que en sus cercanías existen, parece haber sido que los españoles instalaron con el fin de moler el mineral, de esa enorme zona aurífera, con  el sistema que ellos trajeron, la rueda, que al parecer no dio resultado. Llagamos a esta conclusión en vista de que este molino, que nunca ha funcionado, está instalado en una zona netamente aurífera; su ubicación n o puede haber sido para la molienda de granos pus no es región de cultivo, y en las zonas agrícolas de la provincia existen otros molinos que datan de la misma época, los que hasta ahora son utilizados para la molienda de cereales. Parcoy está sembrado de molinetes de piedra, así como Buldibuyo y Pataz, molinetes en los cuales, sus propietarios, aún siguen trabajando y extrayendo el oro de los empobrecidos minerales a más de dos mil años de rendimiento aurífero.

Si nos remontamos algunos siglos atrás veremos también al minero del incario y de las civilizaciones preincas, en los nacientes arroyos de Frailetambo, Pumatambo, Pagrasho y Culluna, lavando las finas arenas, para la que tenían que hacer desvíos de los cauces naturales de los ríos y sus afluentes, otras obras de ingeniería, tales como  canalizaciones, buscando en éstos depósitos flubioglaciales, similares a los que describe el Dr, Petersen (7), el oro que suministraron a los mochicas y chimús como supone el Dr. Valcárcel, oro que más tarde contribuyera al rescate de Atahuallpa. Pataz se constituye así en el principal centro aurífero de todo el norte del Perú precolombino, y e oro que produjo por entonces sirvió para cubrir los templos del Sol y la Luna en los valles costeños de Moche y Vurú, así como par comerciar, por el sistema del trueque, con las civilizaciones del antiguo Perú.

Quedan también, como testigos muidos de su pasado dinámico y diligente, los socavones del cerro Paurachuco, bocas mudas que esconde con celo el arcano de su pasado, pues no está establecido, hasta ahora, si fueron los españoles los que abrieron esos socavones o los continuaron trabajando al encontrarlos franqueados ya por los incas, siendo esta última tesis la más probable.

Asimismo, en tiempos de la Conquista y el Coloniaje, vemos ´como se efectúa una intensa migración de españoles a aquellas tierras atraídos por las riquezas de sus minas, y como más tarde, mediante la dominación por el gobierno español se realiza la explotación del mitayo patacino, plusvalía con la que se enriquecen los peninsulares, muchos de los cuales afincan en el lugar dejando descendientes que más tarde monopolizan minas y tierras, mientras otros tras conseguir rápida fortuna se van a disfrutarla a España.

Y allá por las postrimerías del Virreynato y comienzos de nuestra vida republicana, vemos a la última autoridad virreinal, el Delegado del Partido de Pataz, que por entonces pertenecía a la Intendencia de Trujillo, al que por costumbre llamaban Corregidor, y que en este caso el “Corregidor Santistevan”, como huye al empuje de las huestes emancipadoras, llevándose una inmensa fortuna en cuarenta mulas cargadas con oro que había logrado acumular a base de la explotación al minero patacino, dejando todas sus minas en plena producción a su lugarteniente, el mestizo Dolores Terrones quien, años más tarde,  convertido en un próspero minero dona al Congreso de la naciente república con un quintal de oro, para conseguir el traslado de la capital de la provincia, del pueblo minero de Pataz a Parcoy, su tierra natal.

Y en el periodo republicano avistamos el desfile de hombres de ciencia y buscadores de oro que visitan la provincia atraídos por la fama de sus riquezas mineras. Vemos al Ingº Álvaro de Lucio, al Sr. Balta, al polaco Ostropolchenco, a don Eulogio Fernandini, al Ingº Rizo Patrón, al Ingº mexicano don Mariano Tarnawiecki, y otros muchos que se escapan a la memoria, cuyos trabajos y publicaciones sirvieron de base ara la implantación de poderosas empresas en el lugar.

Pero entre los ilustres hombres que llegaron a la región, destaca la visita del sabio italiano don Antonio Raymondi, quien arribó a la provincia allá por los años 1880, y que en su obra “Perú” comentara: “Recorrí la `provincia  de extremo a extremo, desde la parte norte donde ostenta su canosa sien el nevado de Cajamarquilla, hasta el pueblo de Huancaspata que cierra la roca provincia de Pataz por el sur. Habiendo pasado por los pueblos de Parcoy, Buldibuyo y Tayabamba, construidos sobre un terreno aurífero, donde basta un fuerte aguacero que lave la tierra parea descubrir partículas de oro en la misma población”. Raimondi se internó a la selva acompañado del último minero que trabajó en las minas de la Caldera, coloso que se alza a diez kilómetros de Tayabamba hacia el sudeste de la provincia, cuyas cumbres, cual dos orejas de lobo coronadas a veces de nieve, nos indican el acceso a la selva; ete minero, que acompañó al sabio, fue don Ramón de Beleván (8) quien trabajó las minas de plata de la Caldera un poco antes de la guerra con Chile.

Y ya posteriormente, en épocas más recientes, vemos como en la provincia se produce la era de las grandes empresas. Más o menos por el año de 1920, se van instalando enormes complejos mineros para la explotación a gran escala de los minerales de la región, empresas como la Nortehen Perú Mining Smelting Company en el distrito de Pataz, el Sindicato Minero de Parcoy en el distrito de su nombre, la Aurífera Buldibuyo en Buldibuyo y la Compañía Minera y Petrolco del Ministerio del Fomento (9) durante los años 1939 y 1940, datos que a pesar de estar incompletos nos darán un indicio de la riqueza que existía en la provincia.

Aparte de la producción de oro se consignaba la de la plata, ala que las compañías no le daban mayor importancia.

Anteriormente a este apogeo de la explotación del oro, la vida del minero nativo transcurría en un ambiente de paz. Apenas si se vieron caso aislados de enfermedades provenientes de la actividad minera durante el tiempo que trabajaron en la forma primitiva que heredaron de sus antepasados. En cambio a este estado de cosas, el progreso y modernismo que transportaron las grandes compañías llevó, paralelo al intercambio comercial, aspectos negativos y funestos.

Es verdad que fue una era de dinamismo, donde corrió el dinero a manos llenas y en la que la provincia fue un emporio de riqueza, de la que salieron principalmente beneficiados, aparte de las grandes compañías mineras, los mercaderes y comerciantes y los arrieros y contratistas. Se abrieron grandes establecimientos comerciales, en donde se vendía desde una aguja hasta el casimir más fino importado desde Inglaterra o las más bellas sedas naturales traídas desde la China, y también proliferaron los restaurantes, bares y sitios de diversión. Los arrieros y contratistas, unos con sus recuas de mulas y otros con los contratos que consiguieron, obtuvieron asimismo pingues ganancias.

Pero también es verdad que el minero nativo pagó alto tributo por esta era de auge, ya que la muerte cobró gran número de vidas de mineros “carcomidos por el antimonio” como ellos llamaban al mal de la mina, enfermedad que no era otra cosa que la neumoconiosis o la silicosis. Así la explotación del minero se hizo presente por aquel tiempo. Violando todas las leyes de seguridad laboral ya promulgadas por entonces y por las cuales lucharon Matías Mansanilla y otros, la minería originó una extinción masiva de la juventud.

Tenemos, por ejemplo, la explotación por parte de una de las compañías que laboraban en el distrito de Pataz, de un asentamiento minero formado de un batolito de roca diorítica cuyas vetas son de cuarzo, elemento de gran dureza. El trabajo, que requería la perforación de los yacimientos, se hacía con máquinas neumáticas que operaban con aire comprimido, sin tomarse las medidas necesarias para salvaguardar a los trabajadores del polvo que dicha perforación originaba y que los trabajadores absorbían, sintiendo en un periodo de 5 a 6 meses los síntomas de la mencionada enfermedad, causada por la acumulación progresiva de de sustancias minerales que bloquea las vías respiratorias pulmonares y cuyos efectos se manifiestan mediante una extrema debilidad y dificultad para respirar, la que causaba en el minero el desarrollo de un excesivo esfuerzo para realizar cualquier actividad, síntomas que él en su ingenuidad atribuía al “susto” (10), retirándose a su comarca donde irremediablemente moría sin ninguna asistencia médica. Este estado de cosas duró más de tres lustros, hasta que se instaló un nuevo sistema que incluía, como elemento de perforación al agua, la que además de prolongar la duración de la máquina perforadora disminuía notablemente el polvo y consecuentemente los casos de neomoconiosis, aunque no los eliminaba.

Agregaremos a estas condiciones de trabajo, que los salarios eran sumamente bajos, los que condenaban al hombre a llevar una existencia miserable, con una alimentación deficiente para el esfuerzo físico que debía realizar y que los campamentos mineros eran verdaderos hacinamientos humanos, dándose el caso de que una vivienda conformada por un mísero cuartucho y una cocina era a veces compartida hasta por tres matrimonios de recién casados.

Por aquel mismo tiempo y en un acto de incalificable abuso, fueron destruidos por explosión de dinamita y por encargo del Superintendente de una de las compañías que laboraban en la región, los molinetes de piedra de propiedad de los mineros de esta basta zona aurífera, con el exclusivo propósito de monopolizar la mano de obra barata que muchas veces se distraía en las moliendas particulares. Este atropello jamás tuvo sanción.

Haciendo cálculos aproximados sobre la cantidad de oro que se extrajo de la provincia, veremos que por aquel tiempo fueron muchas las toneladas que ella produjo, llegando a los años de 1942 y 1943 a ocupar el segundo lugar en la producción de oro de la república.

Y finalmente, agotaron la riqueza minera que justificaba la presencia de las grandes empresas en el lugar, Pataz no pudo ser excepción de la regla y como toda zona de producción extractiva fue perdiendo poco a poco su apogeo, hasta que las compañías fueron cerrando sus concesiones y retirándose del lugar, dejando a su paso desolación, miseria y pueblos fantasmas tales como la Paccha, Retamas, Ranapampa, Pataz y Ariabamba.

Es entonces cuando el minero de la región vuelve a reconstruir sus molinetes y sus instalaciones mineras. Nos cuenta el activo y multifacético periodista trujillano señor Gustavo Álvarez, que actualmente siguen sacando gramo a gramo, d esa generosa tierra, el oro que las grandes compañías mineras no tuvieron el interés en explotar por su baja ley, trajín aurífero que como tradición dejarán a sus descendientes. El señor Álvarez nos relata que el mineral, que en sus molinetes trituran, es de los estribos (11) de las minas abandonadas, volviendo en esa forma a trabajar a tajo abierto como lo hicieron los antiguos peruanos.

Hecho este breve ensayo monográfico sobre la minería en Pataz, nos queda un interrogante: ¿dónde se encuentra el oro que desde hace más de dos mil años se viene extrayendo de esa tierra, como agua que brota de u manantial inagotable?

Posiblemente, en España el que se dio por el rescate del último inca del Perú y el que se llevaron muchos aventureros como Santistevan. Desparramado por todo el viejo mundo, donde en su debida oportunidad contribuyó a la revolución económica que se produjo en Europa al finalizar la Edad Media, carente por aquel tiempo de metales preciosos y numerario metálico. Pons Muzzo en su obra “Historia de la Cultura Peruana” dice: “Las inmensas riquezas que los españoles encontraron en América fueron incorporadas en su mayor parte al patrimonio económico de la cultura occidental. Los tesoros llevados a España de los imperios indígenas del Perú y México pronto se desparramaron por Europa, sobrepasando las necesidades de entonces, y produjeron al poco tiempo una revolución en la economía europea de los tiempos modernos. Calcúlase que las cuatro quintas partes del oro y plata circulante desde el siglo XVI provienen de América” (12). Es justo y razonable suponer que parte del oro, que del Perú se llevó a España, provenía de ese pedazo del Ande que se llama Pataz.

También es posible que el oro de Pataz haya formado parte del botín llevado a Inglaterra en el velero “Golden Hind”, a consecuencia del atraco más famoso de a historia realizado por el pirata Drake, botín que según el economista inglés John Maynard Keynes debe ser considerado como el origen de las inversiones extranjeras de Inglaterra. El mencionado economista inglés sostiene en su interesante teoría, que el Perú aportó el oro para la creación del Imperio Británico (13). Son granos de oro de Pataz que aún brillan en la vieja Inglaterra convertidos en alhajas reales después de haber sido capturadas por piratas y corsarios.

En cuanto al oro que posteriormente rindió Pataz en la época republicana, posiblemente sirve de respaldo económico a los países altamente desarrollados y ricos de nuestro planeta.

Dicho esto, que pretende ser una diagnosis de la explotación de una rica región minera y de sus hombres, y una requisitoria contra aquellos que lo practicaron y la permitieron, debemos rendir homenaje a la terca fe del anónimo minero patacino, que anticipando el juicio de la posteridad observó estupefacto y paciente el paso de las hordas destructoras de un maquinismo inadecuado y volvió como el Ave fénix a reconstruir sus molinetes y sus instalaciones mineras poniéndolas nuevamente en marcha.

Que en adelante la historia no se repita. Que no aparezcan conquistadores ni aventureros, piratas ni corsarios. Y así como de esta tierra salió el oro para el rescate del último Inca del Imperio, que la riqueza que aún queda por extraer, cual ilusoria indemnización de una breve florescencia, rescate el bienestar y la felicidad para sus hijos y para quienes la produzcan.

Lucrecia Vidal Arias

 

Comentarios

Los comentarios son responsabilidad de cada autor que expresa libremente su opinión y no de Editorial

Añadir Comentario

Su dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *