Los tiempos y las cometas

Los tiempos y las cometas

Eltayabamba.- Que, bueno saber que las cometas están de vuelta, se habían perdido de las practicas colectivas hace un buen tiempo.

Elevar las cometas, eran parte de los pasatiempos favoritos de nuestra infancia que además contagiaba a los mayores, era casi un rito, porque elaborar una cometa y ponerlo a volar al aire es toda una tarea.

En la laderas cercanas a la urbe tayabambina, se erigen frondosas y altivas las cortaderas, por los empinados de los caminos a Pegoy los había en abundancia, igual que al otro lado de las laderas de Gochirca, de allí se escogían las mejores, había que cortarlas a las medidas exactas para atar el armazón con hilos de lana que aseguraban su consistencia, había que comprar el papel con los colores preferidos, algunos al azahar otros preferían los colores del club de sus amores, rojo y amarillo los esporistas y celeste y blanco nosotros los defensoristas, la otra tarea, elaborar el engrudo, esta masa cocida de harina y agua para pegar el papel de colores en los bordes lisos de las cortaderas; una vez seca y adherida el papel con el engrudo, el siguiente paso consistía en colocar el cabezal y la cola, había que ser minuciosos en las medidas, cualquier desperfecto podría traer complicaciones en el viaje de la cometa en el espacio, la precisión permite el equilibrio, los expertos recomendaban que dichas medidas debían coincidir con el punto medio de la cometa, luego había que provisionar de un ovillo de hilo de lana y para la cola una suerte de tiras remendadas arrancadas de las ropas viejas que ya no se usaban, desde luego previamente había que ir probando el peso y conforme faltaba se añadían otras tiras amarrándolas con los conocidos nudos. Hasta allí, ya estaba lista la cometa, sin embargo, había quienes dotaban de otros detalles que hacían de la cometa más vistosa; se colocaban en los bordes las famosas bramaderas, su nombre lo dice, estas cintas de papel de formas triangulares al contacto con el aire emitían ciertos sonidos, en otras palabras bramaban; cometas las habían de todos los tamaños y todos los gustos, no se compraban, cada quien fabricaba la suya, porque es parte del rito, construir la cometa propia; se solían colocar las cartas, pedacitos de papel incrustados en el hilo que viajaban al son de la cometa. El siguiente paso, buscar el lugar para echarlos a volar, debía ser algún espacio despejado donde el viento arremetía con fuerza, el Alto de la Caridad, las faldas del antiguo Panteón, la curva del amor, las pampas de Gochirca, eran los lugares preferidos; si el ambiente estaba en calma, las palabras mágicas funcionaban: ¡ viento, viento, toma tu cuy ¡ y una corriente de aire gruesa y fuerte aparecía y elevaba al azul del espacio las cometas.

Fui testigo del viaje mas largo de una cometa, era una tarde soleada, vi que muchos miraban y señalaban en el azul del cielo Tayabambino una cometa que danzaba y se elevaba al ritmo del viento, pertenecía a los hermanos Cerquerira Cruzalegui, Jando y Orlando, apostados en las intersecciones de las calles Enrique Marquina y Cahuide, uno de ellos sostenía el hilo, el otro se encargaba de traer mas ovillos, la cometa cada vez se alejaba con rumbo a la puesta del sol, arriba al culminar la calle los Fresnos, en un momento se hizo incontrolable, la cometa empezó a contorsionarse en el espacio y se rompió el hilo, lo vimos desaparecer, algunos corrían en aquella dirección para recuperarla, dijeron luego que había caído cerca al Tingo, quizás sí, quizás no; pero esa fue la cometa que voló más lejos.

Eliseo S. Wenzel Miranda

 

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